Coloquio "Más allá de 1989: esperanzas y desilusiones después de las revoluciones" [fr]

Discurso de Jean-Yves Le Drian, Ministro para Europa y de Asuntos Exteriores (Praga, 6 de diciembre de 2019).

Señor Ministro, estimado Tomáš,
Sr. Rector de la Universidad Carolina, quien nos recibe hoy,
Señora Vicerrectora,
Sr. Director de la Academia de las Ciencias,
Sr. Director del CEFRES, estimado Jérôme Heurtaux,
Damas y caballeros,
Queridos amigos,

Han pasado treinta años desde 1989. Una generación que ha transitado de la euforia a la duda.

Me considero profundamente europeo y debo decirles que Europa le da sentido a mi compromiso político. Recuerdo el ardor y el júbilo de aquellos días durante el otoño de 1989 que cambiaron la faz de nuestro continente y conmovieron a todos los pueblos de Europa sin excepción.

Como Ministro para Europa y de Asuntos Exteriores de Francia me sorprende constatar que, con cada década que transcurre, nuestra conmemoración del año 1989 se hace cada vez más tibia, menos unida. Y esto, en un momento en el que necesitamos más que nunca una Europa fuerte, libre y fiel a sus principios.

Por eso quise venir aquí, a Praga, a la Universidad Carolina, en el corazón de Europa, para reflexionar junto con ustedes sobre el sentido de 1989 y lo que este año representa en la actualidad sobre quiénes somos y sobre la ambición europea que debe seguir siendo la nuestra. Este es un mensaje de un europeo a otros europeos sobre este año tan particular, un mensaje sobre sus esperanzas y decepciones, pero también un mensaje sobre el futuro del espíritu de 1989 que vine hoy a darles.

La desilusión que algunos describen hoy tiene elementos de interés para los historiadores y los investigadores. Se trata justamente de uno de los temas de este coloquio, organizado por el Centro Francés de Investigación en Ciencias Sociales de Praga, así como por la Academia de las Ciencias y la Universidad Carolina, a quienes agradezco por invitarme a hablar frente a ustedes el día de hoy.

Existen aspectos de ésta que interpelan a historiadores y a investigadores, pero también a todos los europeos –y especialmente a aquellos con responsabilidad política. Nos confronta a cuestionamientos esenciales: la memoria plural de nuestra historia, la autonomía y la seguridad de Europa, la articulación entre la soberanía de los Estados y la soberanía europea.

Responder a este desencanto, encontrar el hilo y la energía de nuestro sueño europeo, es nuestro desafío común.

Comenzaré diciéndoles lo que no vine a hacer a Praga. Soy un político en un coloquio científico de ciencias sociales. Cada uno de nosotros tenemos nuestras propias responsabilidades. Son grandes pero diferentes. Es por ello que no he venido aquí a dar una lección de historia.

Los investigadores deben poder trabajar libremente en esta secuencia de la historia como en otras. Este año conmemoramos no solo 1989, sino también los 80 años del Pacto Molotov-Ribbentrop y de la organización de las ocupaciones nazis y soviéticas en Europa, que se fusionaron y más tarde se sucedieron.

Puesto que la tentación es grande para algunos de liderar una "política de la historia" que instrumentalice el pasado, avive sus brasas y contribuya a la confusión, al servicio de una ideología. Hoy, nos enfrentamos al riesgo de reescribir la historia a la luz de intereses y de narrativas nacionales replanteadas.

Demasiadas leyendas erigidas como verdades oficiales han alimentado conflictos sangrientos en nuestro continente como para mantenernos indiferentes a su resurgimiento. Volver a los ideales de la Ilustración significa preservar el espíritu crítico dentro de nuestras sociedades. Si verdad y contra verdad son iguales, entonces se pierde el significado mismo de la palabra verdad.
Es por ello que, damas y caballeros, 23 estados, incluida Francia, han solicitado la creación, bajo el impulso de la presidencia francesa del Consejo de Europa, de un observatorio para la enseñanza de la historia en Europa. Al realizar un análisis neutro y fáctico sobre la situación de los programas y manuales escolares, este observatorio permitirá un dialogo entre nuestros diversos métodos de enseñanza, permitirá impedir la reaparición de discursos racistas, xenófobos o antisemitas, así como trabajar en favor del acercamiento entre los pueblos. Y quizás con ello logremos demostrar que, en el respeto de nuestras historias singulares, también hay una historia que nos une, la historia de nuestro continente y de este espíritu europeo del que somos herederos y garantes.

Como decía uno de los más grandes historiadores franceses, Marc Bloch, “la incomprensión del presente nace inevitablemente de la ignorancia del pasado”. También puede ser una consecuencia de la manipulación de la historia. Entre los principios europeos se encuentra la libertad académica, y donde ésta se ve amenazada, la democracia y la paz están en peligro.

Nuestra responsabilidad política, en cambio, con respecto a la responsabilidad científica, es la de construir, con fundamento en su trabajo de investigación, una memoria europea compartida, siguiendo dos principios.

En primer lugar, el respeto riguroso de las memorias nacionales, las cuales deben ser reconocidas y escuchadas. Nuestras historias nacionales están construidas en torno a referencias electivas al pasado. Una misma fecha puede ser percibida de manera diferente de un estado europeo a otro.

Por lo tanto, el año 1968 no evoca lo mismo en la memoria francesa que en la checa o la polaca. Poniendo otro ejemplo, acabamos de celebrar el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial en París hace un año. Para nosotros, 1918 significa el armisticio y el alivio de los franceses. Pero en su región, el periodo entre 1918 y 1923 estuvo marcado por la disolución de imperios, por guerras, por revoluciones, por desplazamientos de la población y por los pogromos o linchamientos multitudinarios.

Incluso el año 1989 para un francés o para un alemán significa ante todo las imágenes de la caída del Muro de Berlín, por encima incluso de aquéllas, por ejemplo, igual de conmovedoras, de la cadena humana que, desde finales de agosto de 1989, cruzó los tres Estados bálticos, Estados cuya anexión nunca habíamos reconocido, pero que todavía no recuperaban su soberanía. Esta comprensión de nuestras diferentes memorias nacionales debe estar en el centro de la construcción europea. Todos los ciudadanos europeos, comenzando por los franceses, deben entenderlo y comprenderlo.

En segundo lugar, este respeto de las memorias nacionales, no equivale a avalar los proyectos de reescritura o de instrumentalización del pasado. No significa alentar el relativismo histórico ni el revisionismo. Tampoco se trata de promover una narrativa unificadora desde arriba. No se trata de construir una historia única, sino de desarrollar una "conciencia histórica europea" fundada en la convicción de que nuestras historias nacionales deben ser el fundamento de una conciencia común de ser de los europeos, finalmente unidos en su diversidad.

Recordemos esta frase de Víctor Hugo: “Los recuerdos son nuestras fortalezas. Cuando la noche intenta regresar, es necesario encender las grandes fechas como se encienden las antorchas”. Conmemorar el año 1989 y reflexionar juntos acerca de sus promesas, tanto las cumplidas como las fallidas, no puede más que fortalecer nuestra determinación de construir un futuro común fundado en la paz y en la democracia.

Si estoy aquí hoy, es porque estoy convencido de que la memoria europea debe permitir la polifonía de las memorias nacionales. Estoy convencido de que todavía tenemos que reconciliarnos con la diversidad de nuestras memorias, para comprender mejor en qué medida esta diversidad se encuentra al centro de lo que es Europa.

Al evocar la "tragedia de Europa Central" en 1983, Milan Kundera no sólo se refería a la dominación soviética. Él lamentaba sobre todo que Europa Central ya no existiera a los ojos de Occidente más que como parte del Imperio soviético. Las diferencias, ni antes ni ahora, deben borrar lo que nos une, nuestra comunidad de destino y de los principios universales heredados de la Ilustración.

Creo, en efecto, que la única manera en la que podremos comprender completamente el significado de 1989 dentro de la historia de los europeos, es integrando todas estas voces al relato colectivo que debemos construir juntos, haciendo conversar dichas voces dentro de esta narrativa. Si insistí en ello al comienzo de esta intervención, es porque necesitamos comprender de dónde venimos para decidir juntos a dónde debemos ir.

Permítanme decirles lo que 1989 representa desde entonces para un francés y por qué quise venir aquí, a Praga, para celebrar el punto de inflexión de 1989 donde, después de cincuenta años de ocupación –de los nazis y más tarde de los soviéticos– los países de Europa central recuperaron su libertad, su soberanía y donde la reunificación de Europa pudo comenzar. 1989 nos dejó tres grandes legados: la libertad, la soberanía y la unidad.

1989 marca claramente el retorno de la libertad, de las libertades, el fin de la opresión totalitaria y de la destrucción del individuo, la victoria de la democracia y del estado de derecho, es decir, la consagración de un estado que ya no oprime, sino que protege.

Éste es el significado del proyecto europeo que Jean Monnet describió como “no fusionamos estados, unimos hombres”. Podría haber agregado: “hombres libres”. No olvidemos que no puede haber democracia sin un régimen que proteja los derechos y las libertades y que garantice la primacía del derecho sobre la fuerza. Los que equiparan la llamada democracia “liberal con la “tiranía” de las minorías, los que asimilan la llamada democracia “liberal” con el multiculturalismo, despreciando las tradiciones, no sólo son sofistas, sino también amnésicos. Olvidan que aquí mismo, en Praga, como en Varsovia o en Budapest, hombres y mujeres se han resistido al totalitarismo y han luchado, a veces a costa de sus vidas, por la libertad.

Vine aquí entonces en primer lugar para rendir homenaje a aquellas y aquellos que, hace treinta años, se levantaron e impusieron, ante gobiernos estupefactos, “el poder de los impotentes”, retomando la famosa frase de Vaclav Havel.

Vaclav Havel es un nombre que no puedo pronunciar aquí sin acordarme –como mencionó Tomáš con anterioridad– de la mañana del 9 de diciembre de 1988 y de la reunión histórica entre François Mitterrand y ocho disidentes checoslovacos, incluido uno que se convertiría en el primer presidente de un país liberado. Estoy orgulloso, muy orgulloso de que Francia haya reconocido su lucha. Y un año más tarde, fuimos numerosos en Francia en dar seguimiento con admiración y entusiasmo a los pueblos de Europa Central que tomaban su destino en sus manos y elegían escribir su propia historia, escribir, de hecho, no sólo su historia, sino nuestra historia, la de una Europa reunificada.

Además de ellos, también quiero evocar la memoria de los disidentes cuyo espíritu de resistencia, en cierto sentido, preparó este sobresalto. Hablo de Jan Palach. Y, por supuesto, de Vaclav Havel, Jan Patocka y todos aquellos que llevaron consigo la Carta 77. Me refiero al Padre Popieluszko, capellán del sindicato Solidaridad en Polonia, y pienso en muchos otros, incluidos los estudiantes de Budapest en 1956, quienes lucharon por la libertad.

Dije que 1989 fue un año de libertad, pero 1989, lo sé, también marca la recuperación de la independencia y de la soberanía de todos los países que anteriormente estaban bajo el yugo soviético. Las revoluciones de 1989 pusieron fin a la doctrina Brézhnev, esta teoría de la soberanía limitada, formulada después de la invasión de Checoslovaquia por los soviéticos y sus aliados el 21 de agosto de 1968, después de las inmensas esperanzas que suscitó la Primavera de Praga. Y es nuevamente aquí, en Praga, donde esta doctrina desaparece cuando el Pacto de Varsovia se disuelve el 1 de julio de 1991.

Esta soberanía, recuperada hace 30 años, debe mantenernos atentos a las reticencias expresadas de vez en cuando con respecto a la noción de “soberanía europea”. Volveré a este punto. Y entiendo el apego de los antiguos países del Bloque del Este a la soberanía nacional, ese bien precioso que únicamente habían disfrutado por breves momentos. Es por ello también que quienes deben elegir sus alianzas, o la ausencia de las mismas, son los países concernidos y los pueblos que los componen, y no terceras potencias.

Finalmente, la libertad recuperada en 1989 es la de todo el continente europeo. Como ya mencioné, prefiero utilizar la expresión de “reunificación de Europa”, que nos acerca, al término “ampliación”, que nos aleja unos de otros. “Nombrar de manera errónea a las cosas es contribuir a desgracia del mundo”, decía Albert Camus. Lo que está nombrado incorrectamente no puede pensarse con justeza.

Esta libertad recién recuperada y esta historia que escribieron con valentía, ustedes los checos, los eslovacos, los polacos, los húngaros o los rumanos, también eran las nuestras. Ustedes nos las devolvieron. La libertad de Europa, incluida Europa del Este, estaba limitada por la sujeción de Europa Central y el bloque soviético. 1989 es el final de Yalta, un orden que sobrellevamos pero que Francia nunca aceptó. Es más que un simple “regreso a Europa” –la cual los países de Europa Central nunca abandonaron realmente, como bien señaló Milan Kundera– es la consagración de un hecho geográfico, pero también cultural y por lo tanto político, a veces complacientemente ocultado: se trata de la unidad del continente europeo.

Me gustaría decirles, damas y caballeros, retomando lo que dijo Tomáš en su discurso de hace unos momentos, la “Europa del Este” nunca existió. Se trata de una creación artificial de la guerra fría. No es una división apropiada que haya surgido de la larga historia europea. Con los sucesos de 1989, por primera vez, Europa, privada durante mucho tiempo de una parte esencial de sí misma, tuvo la oportunidad de convertirse en la protagonista de su historia y no solamente en su tema.

Y quienes usan la falta de unidad de Europa hoy como argumento para condenar el proyecto europeo se equivocan: la unidad de nuestro continente no es una abstracción o un eslogan político, o una “utopía intelectual”, se trata de una realidad concreta para todos los europeos que viven de manera cotidiana esta libertad de circulación que tanto costó conseguir.

Quizás ésta sea una de las consecuencias más fatales de la crisis de refugiados de 2015, que dichas fronteras se están cerrando, los muros se están erigiendo, se está cuestionando el espacio de libre circulación creado por los acuerdos de Schengen. Ya que Schengen es, junto con el euro y, en otro ámbito, los intercambios Erasmus, una de las expresiones más concretas y más visibles de la unificación europea. Estos avances son tan necesarios como frágiles, como lo es por cierto la construcción europea. Es por ello que, frente a los fatalistas, que son rápidos para generar conclusiones y que actúan motivados por intereses electorales, nunca dudemos en recordar lo que hemos logrado construir juntos para servicio del pueblo.

El horizonte de esta memoria plural de 1989 es, por supuesto, nuestro proyecto europeo común. Ahora me gustaría mencionar las conclusiones que extraigo de este recorrido de nuestra historia común que nos servirá para trazar nuestro futuro común.

El proyecto que perseguimos, Francia, ustedes, nosotros, es un proyecto de humanismo europeo que comienza con la defensa intransigente de nuestros valores y principios. Como Tomáš lo mencionó, es un proyecto de convergencia social, económica y fiscal, ya que es urgente responder a las desilusiones y reducir las fracturas europeas. Pero estas fracturas no representan un nuevo muro entre “dos Europas” que coexisten dentro de la Unión Europea. Las desigualdades, las tentaciones populistas, la pérdida de significado y de puntos de referencia son temas comunes para todos nosotros, y debemos considerarlos como desafíos compartidos.

Este proyecto representa, frente a los excesos de la globalización y los desafíos de la competencia internacional, un proyecto de potencia europea al servicio de nuestros pueblos. Hoy más que nunca, los desórdenes internacionales y la expresión brutal de las relaciones de poder estructuran la vida internacional. Y Europa se encuentra frente a una disyuntiva: tolerar esta dinámica y correr el riesgo de perder autonomía sobre sus propias elecciones; o hacerse valer cuando sea necesario, y conservar su identidad y sus principios.

Yo opto sin lugar a dudas por la segunda opción. ¿Por qué? Porque sabemos, desde Paul Valéry, que las civilizaciones son mortales. ¿Cómo? Haciendo a Europa dueña de su propio destino.

A este respecto también es evidente, pero de cualquier manera debo señalarlo: no podemos esperar que este proyecto sea ejecutado de manera exitosa a largo plazo, sin ser capaces de garantizar nuestra seguridad.

Es por ello que considero que no podemos evocar el año 1989, cuando Europa se reunificó en torno a los principios democráticos y los valores humanistas, sin mencionar el año 1990 y la adopción de la Carta de París para una nueva Europa. ¿Cuál era su objetivo? Construir una seguridad europea colectiva poniendo en operación los diez grandes principios adoptados a partir de 1975 en Helsinki.

Sin embargo, esta ambición de construir una seguridad colectiva europea, tan presente a principios de los años 90, se ha desvanecido gradualmente, y debe ser revivida.

Efectivamente, poco a poco, hemos visto desaparecer los elementos que contribuyeron a establecer la arquitectura de seguridad prevista por la Carta de París, y hemos sido testigos de un esfuerzo metódico de deconstrucción que contribuyó al desmantelamiento progresivo, sistemático y casi total de los instrumentos de regulación de la violencia: desde las medidas generadoras de confianza hasta los tratados de limitación y reducción de armas en sus diferentes las categorías, lo que en su conjunto ha provocado un vacío peligroso que se ha instalado y que representa para nuestro continente, nuevamente, un riesgo de conflicto, ya sea accidental o deliberado. La multiplicación de los incidentes militares lo demuestra. Mantenerse fiel a las promesas del 89, también significa querer salir de esta inestabilidad, querer reducir estos riesgos.

Desde los conflictos de la ex-Yugoslavia, que mostraron a los europeos cuáles eran sus responsabilidades para garantizar la seguridad de su continente, han surgido nuevas amenazas. No pienso únicamente en la híper-violencia terrorista. La guerra ha regresado a Europa: en Georgia y más tarde en Ucrania. Se han utilizado armas químicas en el suelo de una gran ciudad europea. Los ataques digitales han intentado sabotear y socavar los cimientos de nuestras democracias, nuestros procesos electorales, nuestros debates públicos.

Algunos parecen haberse resignado a ello. Pero nosotros, los europeos, después de los terribles dramas que han desolado a nuestro continente a lo largo del siglo XX, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Es por ello que no queremos conformarnos con mantener el statu quo con respecto a Rusia, cuyas acciones agresivas, estamos conscientes, han trastornado nuestro entorno estratégico desde hace una década.

Pero entonces, ¿qué necesitamos para garantizar nuestra seguridad y retomar las promesas de noviembre de 1990 cuando, en París, se adoptó esta Carta destinada a refundar los principios de la arquitectura de seguridad europea?

Necesitamos, en primer lugar, un vínculo transatlántico.

Nosotros, los franceses, también queremos conservarlo. Lo necesitamos, política, militar y estratégicamente. Y particularmente en las operaciones militares que llevamos a cabo en las regiones del Levante y del Sahel, con la presencia de fuerzas de la República Checa. Lo que no nos impide considerar los hechos con lucidez y extraer todas las conclusiones necesarias. Todos estamos conscientes de que la época en la que Europa podía confiar completamente a otros el cuidado de su seguridad y depender exclusivamente de ellos ha terminado. Y este cambio no data de la elección del presidente Trump. Lo que llamamos en Europa autonomía estratégica, y que cubre en realidad la noción de compartir la carga, es una condición, la de un vínculo transatlántico fuerte y creíble.
Por cierto, algunos interlocutores estadounidenses sugieren que nuestra capacidad de actuar por nosotros mismos es precisamente lo que hace de Francia el mejor socio para Washington en materia de defensa.

Necesitamos el vínculo transatlántico, pero también necesitamos que la OTAN siga siendo aquello en lo que se convirtió para todos nosotros después del 89: una fuerza de estabilidad.

Es por ello que Francia quiso abrir el debate sobre el problema que existe actualmente en la Alianza Atlántica. La reciente Cumbre en Londres marcó el comienzo de una verdadera discusión estratégica dentro de la misma. Ambos países nos encontrábamos ahí, lo cual era necesario en nombre de la perdurabilidad y consolidación de dicho vínculo.

La condición sine qua non para el fortalecimiento de la Alianza Atlántica, es en la actualidad el hecho de que los europeos son más proactivos y asumen más responsabilidades dentro de una coalición refundada y reequilibrada. No puede haber defensa europea sin OTAN, tanto como no puede existir una OTAN que sea creíble y sostenible sin el fortalecimiento de las responsabilidades europeas.

Estamos persuadidos de ello desde hace mucho tiempo, y Francia está comprometida concretamente con la postura de disuasión y defensa de la OTAN, en los Estados bálticos o en el Mar Negro. Francia respeta los intereses de seguridad de todos sus socios y aliados europeos, los hace completamente suyos. Siempre los defenderá como una prioridad intangible. Esto es por cierto lo que declaró el presidente Macron anteayer en Londres. Somos y continuaremos siendo inflexibles cuando nuestra soberanía o la de nuestros socios y aliados esté en juego. Nuestros aliados pueden contar con Francia, con su compromiso y con su ejército siempre.

Y, en tercer lugar, necesitamos una organización de la seguridad en Europa que garantice la estabilidad estratégica de todo el continente.

Ésta es el sentido de la fórmula de la OTAN, que desde 1967 combina disuasión y diálogo. Es también el significado de la propuesta del Presidente de la República referente a una arquitectura europea de seguridad y de confianza.

Digámoslo claramente, como lo hago a continuación: si queremos regresar al desmantelamiento sistemático que mencioné hace unos momentos, es necesario retomar el diálogo con Rusia. Sin complacencia, sin ingenuidad, defendiendo la seguridad de todos los europeos y ejerciendo relaciones de poder siempre que sea necesario. Pero no podemos simplemente ignorar la geografía.

Las iniciativas que hemos tomado, las hemos diseñado en estricto cumplimiento de los principios europeos acordados. Y no tenemos la intención de descuidar los intereses de seguridad de nuestros socios europeos, por el contrario, puesto que también son los nuestros.

Es por ello que queremos que los europeos se apoderen de los principales temas estratégicos, militares y nucleares que conciernen directamente a su seguridad. Y entre estos, la reconstrucción de un marco legal y de medidas de transparencia debe permitir limitar los riesgos de una escalada militar involuntaria, establecer restricciones sobre las capacidades de nuestros adversarios potenciales y, por lo tanto, reducir las amenazas.

Con la abolición del Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa, el fin del Tratado sobre las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio y la incertidumbre latente de aquí al 2021 con respecto del Nuevo Tratado START, Europa puede convertirse en el escenario de una competencia militar y nuclear desenfrenada, sin fe ni ley. No hemos conocido, no hemos experimentado tal situación desde finales de los años sesenta, en el periodo posterior a las crisis de Berlín y de Cuba.

El retomar el control de las armas en Europa es nuestra responsabilidad, como europeos, si queremos evitar convertirnos en un mero escenario de confrontación de terceras potencias. Por lo tanto, esperamos que en fechas próximas surja una reflexión al respecto, como una contribución europea al pensamiento estratégico de la Alianza Atlántica lanzada antier, y en defensa de nuestros intereses y de nuestra visión del orden internacional.

Finalmente, damas y caballeros, debemos recuperar el espíritu y el sentido de Helsinki, así como el espíritu y el sentido de la Carta de París.

Cuando los principios de Helsinki son ignorados o violados, siempre es a expensas de lo que intentamos construir aquí, en Europa. Los últimos treinta años nos lo han demostrado.
Cuando la lógica de las esferas de influencia regresa, se vulneran la igualdad soberana de los Estados y el respeto de los derechos inherentes a la soberanía. Basta con que una sola frontera sea cuestionada por la fuerza, para que la inviolabilidad de todas las fronteras se tambalee y, con ello, los principios de no uso de la fuerza y de integridad territorial de los Estados. Cuando los opositores están encarcelados, y se ponen en jaque las libertades fundamentales o académicas, son los derechos humanos y la democracia que se están socavando.

Es por ello que considero que estos principios básicos, Helsinki y la Carta de París, así como la necesidad de ponerlos en práctica, siguen siendo completamente de actualidad. De nosotros dependerá retomar lo que se intentó hace treinta años. En el transcurso del año, nos aseguraremos de que esta discusión pueda tener lugar a nivel europeo, para que podamos abordar este tema colectivamente en noviembre próximo, con motivo de la tercera edición del Foro de París sobre la Paz en noviembre de 2020.

En el fondo, en materia de seguridad como en otros temas, nuestro desafío es construir una verdadera soberanía europea.

Y hemos comenzado a trabajar en ello. Gracias a estos esfuerzos, Europa comienza finalmente a asumir el poder que tiene para tomar decisiones libremente y asumir también libremente los valores que son los suyos.

Esta soberanía común no debilita en lo más mínimo nuestras soberanías nacionales. En un mundo peligroso, en un mundo de competencia excesiva, ésta nos protege. Elegir una no significa renunciar a la otra. ¡Todo lo contrario!

Entiendo que los países que hace treinta años todavía pertenecían al Bloque del Este estén fuertemente apegados a su soberanía. Pero quiero decirles que la soberanía europea no representa ni el regreso del Sacro Imperio Romano, ni el de la doctrina Brezhnev en versión bruselense. Se trata de la posibilidad de que cada estado permanezca independiente en un mundo donde la rivalidad de los poderes se hace presente en todos los ámbitos.

Me gustaría expresarlo enérgicamente: el verdadero europeo no es aquel que niega la existencia ni la importancia de los Estados-nación; así como el verdadero patriota no es aquel que rechaza y condena a Europa. El europeo patriota o el patriota europeo es aquel que, por el contrario, sabe que sin naciones fuertes, el proyecto europeo se debilita y que sin una Europa fuerte, nuestras naciones son más débiles.

Finalmente, si no queremos padecer el siglo XXI, hay un área que los europeos deben dominar absolutamente para garantizar esta soberanía, hemos hablado mucho sobre este tema con Tomáš hace unos momentos: es el ámbito digital.

Porque también en esta área, existe un riesgo real de que otros nos impongan sus elecciones, ya sea países o empresas.

En este nuevo espacio de conflicto, uno ve desplegar estrategias de poder sofisticadas que apuntan a atacar y desestabilizar. Lo que representa una amenaza para nosotros es el riesgo de dependencia de las tecnologías de otros, desde la 5G hasta inteligencia artificial. Por último, existe el riesgo de que las prácticas de ciertos actores importantes del sector privado, por falta de regulaciones en la materia, violen los derechos fundamentales de nuestros conciudadanos, particularmente con respecto al respeto de la vida privada.

Por lo tanto, debemos reaccionar, entre europeos, para construir una soberanía numérica europea que sea a la vez efectiva y que esté en línea con nuestros valores, es decir, que no sea ni aislacionista ni dominante, pero que pueda brindarnos la capacidad de decidir libremente sobre nuestro destino.

Hay que decirlo: no empezamos de cero. Contamos con infraestructura técnica y con ecosistemas de innovación. Tenemos una visión del mundo digital que queremos: un mundo digital “libre, abierto y seguro”. Tenemos la capacidad de promoverlo; ya lo hemos hecho con el reglamento general de protección de datos, el RGPD, y estamos trabajando para hacerlo en materia de impuestos digitales.

En mi opinión, cuatro proyectos deben ocuparnos para construir la soberanía digital de Europa y aportar una visión europea sobre este tema y el de los derechos humanos en la era digital.

En primer lugar, debemos fortalecer la seguridad del ciberespacio.
Como ya mencioné con anterioridad, la seguridad es la base de nuestra soberanía. El espionaje, el sabotaje o la intrusión adquieren nuevas dimensiones en la era digital y representan ataques que no podemos tolerar. Para protegernos de estas amenazas y, en caso de ser necesario, responder a ellas, debemos desarrollar nuestras propias capacidades. También debemos fortalecer la estabilidad del entorno en el que tienen lugar, es decir, el ciberespacio.

Ya hemos lanzado diversas iniciativas en este sentido: por ejemplo, el Llamado de París para la confianza y la seguridad en el ciberespacio, que reúne a gobiernos y empresas para desarrollar principios comunes a fin de proteger los derechos de las personas y fortalecer las normas internacionales; pero no sólo es el Llamado de París, también se ha lanzado el Llamado de Christchurch para evitar el uso de Internet con fines terroristas. Y también podemos ayudar a otros países a protegerse, sin someternos a ninguna ciber-potencia.

En segundo lugar, debemos también ganar la batalla de la innovación.

En un lapso de pocos años, Europa ha retomado el camino de la innovación digital. Varias ciudades europeas, incluida París, se han convertido en ecosistemas innovadores.

Europa debe unir fuerzas y proponer soluciones europeas a los desafíos del mañana: ciudades inteligentes, salud conectada, transporte autónomo. Necesitamos identificar los sectores y las áreas críticas, desde la 5G hasta cuestiones relacionadas con la identidad digital y las criptomonedas. Y, por supuesto, debemos seguir avanzando en la investigación en conjunto con las empresas.

Mi convicción es que debemos efectivamente seguir progresando en el establecimiento de un auténtico mercado único digital. Pero no sólo eso. También tenemos que trabajar con determinación para fortalecer a las tecnologías digitales europeas, ya sea que se trate de almacenamiento de datos, gestión del big data o de la computación en nube. Ésta es la clave para asegurar el respeto de nuestros valores y de nuestros derechos.

En tercer lugar, también debemos consolidar nuestro papel de potencia normativa.

Como ya lo hemos hecho con el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), debemos continuar innovando también en lo referente a las reglas: para garantizar la previsibilidad y la confianza en el sector, pero también para imponer el respeto de los principios fundamentales. Estoy pensando en la regulación de la inteligencia artificial, la regulación de los contenidos, a la seguridad en el ciberespacio. Sobre todos estos temas tendremos que construir, mi querido Tomáš, coaliciones mayoritarias. Pero sabremos hacerlo.

En cuarto lugar y último lugar, debemos proteger los bienes comunes que representan las infraestructuras digitales comunes y abiertas.

Hoy, un innovador europeo se ve obligado a recurrir a un conjunto de recursos –infraestructuras, datos, sistemas de pago– que son propiedad de actores monopolistas, quienes imponen sus propias reglas del juego mediante términos de referencia que ellos mismos definen sin ningún tipo de concertación.

Dado que nuestra visión de la soberanía no es hegemónica, aspiramos a que el mundo digital se organice en torno a bienes comunes, sin la apropiación de quienes poseen monopolios de facto por su potencia de cómputo, o quienes poseen monopolios por el dominio de tecnologías o financiero. Es por ello que debemos permanecer alertas para proteger o desarrollar infraestructuras digitales comunes y abiertas que sean utilizables por todos y mejorables por todos.

Sobre todos estos temas, Francia espera que con el apoyo de países voluntarios europeos podamos lanzar en 2020 una reflexión sobre la soberanía numérica europea, y tengo la impresión de que esta reflexión es coherente con las primeras intervenciones del nuevo presidente de la Comisión.

Mis queridos amigos,

Concluiré, ya que me he extendido mucho. Me gustaría decirles que si hay una cosa que 1989 nos ha enseñado en retrospectiva, es que la historia no es lineal. En la actualidad está bien visto denunciar la arrogancia occidental que, ante el colapso del bloque soviético, dio por sentada la victoria de la democracia liberal y de la economía de mercado.

Pero el “determinismo democrático” de la época no debería ser reemplazado treinta años después por una especie de “determinismo populista”. Ante el surgimiento de los populismos, frente al cuestionamiento del modelo de democracia liberal y del multilateralismo, ahora se predice “el fin del orden liberal”. Un nuevo fin de la historia, por así decirlo, invertido, más cercano a un repliegue titubeante que a un futuro radiante.

Pero la verdadera lección de 1989 es que la historia nunca se escribe de manera anticipada, y que son los pueblos quienes la escriben. No podemos más que alegrarnos como líderes políticos; es una excelente noticia, en efecto, pues significa que los europeos son libres de inventar su futuro y que, trabajando juntos, estarán en condiciones de crear y defender los modelos de sociedad y de gobernanza internacional en los que creen. Y como dijo Vaclav Havel, el espíritu de resistencia y la valentía rinden sus frutos.

1989 probablemente no ha cumplido todavía con todas sus promesas. ¿Es esta una razón para ceder al desencanto generalizado? No lo creo. Yo lo veo más bien como una razón adicional para que los europeos sigan trabajando juntos para escribir su historia común.

Considero que ésta es la mejor manera de permanecer fieles al espíritu de 1989 y de rendir homenaje a aquellos que, hace treinta años, por su fe, por su resistencia y por su entusiasmo, hicieron historia, la historia de todos ustedes y de nosotros, en beneficio de nuestra Europa común, una Europa libre, soberana y humanista.

También, para invitar a cada uno de nosotros a extraer fuerzas de 1989 para construir mejor, juntos, la Europa del mañana, me permitirán concluir con unas palabras inspiradas en Nietzsche y llenas de sabiduría para todos nosotros: enriquecer el pasado mediante la creación del futuro, que ése sea nuestro presente.

Muchas gracias.

publie le 31/01/2020

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