Discurso de Eduardo Carrasco (Condecoración)

Señora Embajadora, amigas y amigos,

Diderot narra que en el frontispicio de un castillo se podía leer la siguiente frase: “Ya estabas aquí antes de entrar y cuando salgas no sabrás que te quedas”. La recuerdo porque algo así me ha ocurrido a mí con Francia, país en el que estaba antes de llegar y en el que me he quedado cuando por fin después de 15 años de exilio volví a Chile. Trataré de explicarles este misterio. Mi madre era de origen wallon y como ocurre con muchas familias belgas, ésta elevaba su francofilia muy por encima del promedio normal del chovinismo correspondiente a la media de las familias francesas. Francia era el referente principal en todos los aspectos de la vida y un modelo que no se ponía jamás en duda. La Casa Muzard, A la Ville de Nice o los Almacenes Paris eran solo sucedáneos propios del país subdesarrollado en el que vivíamos, pero sus ofertas de ninguna manera eran comparables a los paquetes con vestidos comprados por correo directamente de las Galeries Lafayette que mis tías recibían en medio de exclamaciones elogiosas. Cuando estas grandes cajas por fin llegaban y se abrían para maravilla de todos nosotros, la sorpresa iba unida a la sensación de que por fin teníamos ante nosotros algo verdadero, bello y prestigioso. Solo en Francia residía el buen gusto, la inteligencia y la belleza. Mi padre, por su lado, era hijo de un militar que fue enviado a representar al ejército chileno en la Sociedad de las Naciones. Para cumplir con sus tareas, durante algunos años fijó su residencia en Paris. Por eso mi padre estudió en un Liceo parisino cercano a la Gare Saint Lazare y quedó tan marcado por esos años que pasó toda su vida soñando con volver. El relato que nos hacía de sus paseos en bicicleta por los alrededores de Paris era tan vívido y soñador que durante gran parte de mi niñez yo estuve convencido de que el sol que pasaba todos los días por encima de mi cabeza no era más que una débil copia del que adornaba la puerta exterior del palacio de Versailles. Recuerdo que cuando vino Charles Trenet a Chile, mi padre pasó semanas cantando en la ducha La mer qu´on voit danser au long des golfes claires y traduciéndonos esos textos que para él eran la prueba máxima del ingenio popular. Uno de sus mayores orgullos intelectuales era haber hecho un trabajo sobre Moliere, que según nos decía, solo los ignorantes llamaban así, porque en realidad su nombre verdadero era Jean Baptiste Poquelin.

Así, crecí en un mundo en que Francia era una especie de paraíso lejano, pero a la vez familiar. En realidad, como después se descubrió, todo eso no era otra cosa que una secreta y sabia planificación con la que la vida me preparaba para lo que iba a venir después. Debido a estos preliminares infantiles, cuando llegué por primera vez a Paris fue como encontrarme de pronto en una ciudad que desde siempre me había estado esperando. No soy el único en haber experimentado esta sensación pues el propio Neruda sintió y expresó esto de admirable manera:
“Paris guarda en sus techos torcidos los ojos antiguos del tiempo
Y en sus casas que apenas sostienen las vigas externas
Hay sitio de alguna manera invisible para el caminante
Y nadie sabía que aquella ciudad te esperaba algún día
Y apenas llegaste sin lengua y sin ganas supiste sin nadie que te lo dijera
Que estaba tu pan en la panadería y tu cuerpo podía soñar en su orilla”.

Como supe al llegar, mi pan también estaba en una panadería parisina y todo lo que vino después fue cumplir esa predestinación que me unía a Francia de manera profunda y definitiva. La primera vez que se hizo realidad este mandato fue cuando viajamos con el Quilapayún a Europa en 1967. Debo decir que este primer encuentro fue extraordinariamente auspicioso. Estuvimos menos de una semana en Paris y grabamos un disco y cantamos en reuniones de jóvenes universitarios que ya se preparaban para los acontecimientos de mayo del 68. Como América Latina y las guerrillas estaban de moda, nosotros, con nuestras barbas y canciones revolucionarias, éramos vistos como representantes directos del Che y de Fidel y gozábamos de todos los privilegios de nuestra situación. Después volvimos en 1970 ya con una gira mucho mejor organizada y pasamos varias semanas cantando en LÉscale y La Candelaria, siguiéndole los pasos a Violeta Parra. Recuerdo que tuvimos una mañana entera a Pablo Neruda, que recién había sido nombrado embajador de Chile, llamando a diferentes teatros de la ciudad para conseguirnos actuaciones. Y hasta cantamos en la televisión en un programa de fin de año “Le monde en fete” compartiendo el escenario nada menos que con el propio Charles Trenet que tanto admiraba mi padre. Volvimos el 72 y también tuvimos éxito. Parecía que cada vez que pisábamos Francia el mundo comenzaba a girar en torno nuestro.

Pero lo más sorprendente se produjo en 1973. Hacía tiempo que cantar en el Olympia se había transformado para nosotros en una obsesión y por fin gracias a las gestiones de nuestro amigo Guillermo Haschke se fijó el concierto para el 15 de septiembre de 1973. No hay un ápice de exageración si afirmo que nuestro deseo de ser reconocidos en Francia fue lo que nos salvó a todos la vida. Si nos hubiéramos encontrado en Chile en los días del Golpe, nosotros, que éramos figuras emblemáticas de la Unidad Popular, de seguro que habríamos corrido la misma suerte de Víctor Jara y de tantos otros compañeros de esa época. Después de cantar en la Fiesta de L´Humanité el domingo 9 de septiembre ante más de cien mil personas, el martes 11 descubrimos con estupor que los militares chilenos no eran tan fieles a la Constitución como nosotros siempre habíamos pensado y que con sus repudiables actos de esos días, para nosotros se suspendían momentáneamente los puros cielos azulados y los campos de flores también.

Pero felizmente, teníamos a Francia, que no es poco. El día 12 de septiembre pasó delante de la Embajada de Chile una inmensa manifestación de apoyo a la democracia chilena. Nosotros, emocionados con estas expresiones de interés por nuestro pueblo, saludábamos desde los balcones. Creo que durante los 15 años que viví en Francia (algunos de mis compañeros siguen allí) fui testigo del más sincero y sólido espíritu de solidaridad con nuestro pueblo. Recorrimos Francia de punta a cabo cantando por Chile y nos transformamos en los depositarios de esa voluntad solidaria del pueblo francés que nos apoyaba para que nuestro país volviera a la democracia y a la libertad. No puedo dejar de agradecer en esta ocasión a Dominique Frelaut, el Deputé Maire de Colombes que nos dio todas las facilidades para instalarnos en su comuna y a los vecinos de esa ciudad que nos abrieron con su amistad el camino hacia esa nueva vida que tuvimos que emprender. A la vez, con el exilio comenzó para mí la experiencia más fascinante que he vivido en toda mi vida: la de introducirme en un país que no era originalmente el mío, pero del que podía apropiarme hasta el punto de llegar a sentirme verdaderamente parte de él. Recuerdo que un día en medio de una gira a Japón me di cuenta de que toda mi nostalgia se concentraba ahora en Francia. Allí tenía a mi familia, mi casa, pero también a un pueblo en cuyos valores me reconocía enteramente. Como me enseñó mi amigo Matta, Francia no es un país, sino una causa – “la France n´est pas un pays, mais une cause”, me decía - la causa de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, por cierto. Pero también la causa de la universalidad de la cultura, la globalización, sí, pero en el respeto a la diversidad cultural, pues en esa diversidad consiste precisamente la riqueza de nuestro mundo. La causa de los derechos humanos, y también la causa de la racionalidad y la serenidad. Por supuesto, todos estos valores están siempre en juego y nada está adquirido de una vez para siempre, pero no se puede dejar de reconocer que independientemente de los vaivenes políticos normales de cualquier proceso histórico, en todos estos años Francia ha seguido siendo lo que esperábamos de ella y no hay razón alguna para pensar de que pudiera no seguir siendo así.

Nuestra experiencia es la prueba más palpable de ese espíritu de universalidad que ha caracterizado siempre a Francia. Cantando nuestras canciones en nuestro idioma y permaneciendo fieles al espíritu de nuestro pueblo pudimos hacernos un lugar en el medio artístico francés y como muchos otros artistas chilenos y latinoamericanos, es en Paris donde hemos logrado llevar a cabo algunas de nuestras más importantes realizaciones: basta mencionar aquí las temporadas en el Bobino y en el Olimpia, el programa Le Grand Echiquier de Jacques Chancel y los cientos de conciertos durante años en todos los rincones de Francia. Aún hoy día, a más de 30 años de nuestra llegada seguimos haciendo giras y conciertos importantes. Otros artistas antes que nosotros vivieron este reconocimiento: Neruda, por supuesto, Matta, Violeta Parra y muchos otros. Recuerdo que en una exposición de artistas plásticos latinoamericanos residentes en Paris hecha en el Grand Palais había por lo menos 20 chilenos, muchos de los cuales todavía se encuentran allí. Estaba Zañartu, Nemesio, Murúa, Balmes, Gracia Barrios, Carlos Aresti, Irene Domínguez, Schneider, y muchos otros, todos de primerísimo nivel. No por casualidad García Márquez afirmó por esos mismos días que Paris era la capital cultural de América Latina.

No puedo hacer aquí todo el recuento de lo que los exiliados y en particular nosotros le debemos a Francia. Por eso es fácil comprender mi emoción y mi agradecimiento esta tarde por esta condecoración. La entiendo como una manifestación más del interés que tiene Francia en la cultura de todos los pueblos. Por eso me siento honrado y repito agradecido. Gracias al Ministerio de la Cultura y la Comunicación, gracias a la señora Embajadora y a todas las personas que han colaborado con este acto, Francois Bonet Consejero de Cooperación y Acción Cultural en primer lugar. Y también, gracias a quienes han sido los impulsores de este reconocimiento, en primer lugar a mi amigo el gran artista Daniel Messguich, que sigue compartiendo el escenario con nosotros cada vez que presentamos la cantata Santa María en Francia, a mis propios compañeros que me han acompañado en esta larga aventura y a la mujer de uno de ellos, Pascaline Gomez que impulsó esta iniciativa y colaboró para que esta llegara a buen término. Muchas gracias a todos ustedes por acompañarme hoy día. Ahora que soy oficialmente caballero les prometo que saldré mañana mismo a luchar en contra de los encantamientos maliciosos, a liberar doncellas prisioneras y a derrotar a los terribles gigantes que me han tenido activo toda esta vida, siempre por supuesto con una parte de mi corazón puesto en Chile y con la otra en el país que hoy día me honra. Muchas gracias.

publie le 28/11/2007

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